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Un “Safari” semillero 360: cuando la genética abre su “cocina” y muestra cómo se construye el rinde

Fuente: Infocampo 13/02/2026 12:06:07 hs

“Abrimos la puerta de nuestra cocina genética”: ciencia, escala y decisión en el corazón productivo de Venado Tuerto, de la mano del semillero familiar más grande del mundo.

En el sur santafesino, donde la soja y el maíz marcan el pulso de cada campaña, Stine Semillas decidió correr el telón.

En “El Campito”, su campo experimental en Venado Tuerto, la firma realizó una nueva edición del tradicional Safari Stine, una jornada a campo que congregó a productores, multiplicadores, asesores técnicos, su red comercial y especialistas para mostrar, sin filtros, el detrás de escena de su programa de investigación, desarrollo y procesamiento de semillas en la Argentina.

La historia que explica este presente comenzó lejos de la Pampa Húmeda. En Iowa, cuando la soja todavía no ocupaba el lugar estratégico que hoy tiene en la agricultura global, Harry Stine apostó por el mejoramiento genético con una convicción poco frecuente.

Con el tiempo, esa visión convirtió a la compañía en la empresa familiar líder a nivel mundial en genética de soja y maíz, con más de 800 patentes y el posicionamiento como semillero privado número uno en Estados Unidos.

CASI UNA DÉCADA EN ARGENTINA

Tras consolidarse en su mercado de origen, la firma desembarcó en Sudamérica y estableció su base operativa en Argentina en 2017, para luego expandirse a Brasil, Uruguay y Paraguay, conectando una red de investigación hemisférica que acelera los desarrollos y acorta los tiempos de llegada al productor.

En menos de una década operando con marca propia en el país —tras años de trabajo bajo licencias— Stine se convirtió en uno de los protagonistas del negocio genético local.

La premisa es directa: la genética es una herramienta estratégica para mejorar la rentabilidad. Y esa convicción fue la que se puso en escena durante el Safari.

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“El concepto puntual es abrirles la puerta de la cocina de nuestra genética. Hay muchos restaurantes, pero muy pocos te muestran la receta”, graficó Juan Rosasco, gerente de marketing de la compañía, al explicar el espíritu de la convocatoria.

La metáfora no fue casual: el recorrido incluyó desde el galpón de procesamiento, con la clasificación, limpieza y ensobrado de semillas, hasta los lotes donde se realizan cruzamientos y se observa el avance de líneas en soja y maíz.

LA ESCALA DEL MEJORAMIENTO GENÉTICO

El impacto del programa se dimensiona en números, pero también en metodología. Durante esta campaña, Stine proyecta realizar 130.000 cruzamientos en soja, con el objetivo de generar alrededor de 10.000 nuevas combinaciones por año y sembrar cerca de 180.000 variedades entre Venado Tuerto y Tucumán en busca del mejor hito comercial.

En maíz, el equipo —integrado por 75 personas— ya superó las 290.000 polinizaciones, trabajando en híbridos de todos los ciclos. A eso se suma una red de más de 100.000 parcelas en evaluación en casi 40 localidades.

Para el ingeniero agrónomo Lucas Crimella, gerente de producto de soja, la clave no está solo en el volumen, sino en el rigor del proceso.

“La idea de estos safaris es poner en dimensión lo que implica un programa de mejoramiento y cómo ese tamaño se traduce en la performance de los materiales en el lote”, sostuvo.

Y fue más allá: “El tamaño del programa es lineal con el comportamiento de las variedades en el campo experimental, y después, a nivel de productor”.

Esa estructura se articula a través del denominado Programa 360, que integra capacidades de investigación en Argentina, Estados Unidos, Brasil y Guyana, permitiendo evaluar cientos de miles de líneas y adaptarlas con precisión a los distintos grupos de madurez y ambientes productivos. Sin embargo, el mayor desafío no es generar, sino seleccionar.

“Nuestro desafío más grande es seleccionar”, reconoció Crimella en diálogo con Infocampo. “Tenemos la tranquilidad de que cualquier material que llega al mercado está extremadamente probado y supera lo que ya existe. Como definición, no avanzamos nada que no esté a la altura o por encima de lo que ofrecemos hoy; preferimos esperar y dejar tranquilo al productor”, dijo.

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Rosasco, en la misma línea, explicó que la compañía no trabaja con un número fijo de lanzamientos anuales, sino con un criterio estrictamente agronómico. “Evaluamos principalmente por rendimiento o por una biotecnología que aporte un diferencial real. Si una variedad supera a la que está vigente, al año siguiente la rotamos. La vara la pone el lote”, afirmó.

BIOTECNOLOGÍA, PROPIEDAD INTELECTUAL Y SUSTENTABILIDAD

En el plano tecnológico, Stine es copropietaria de plataformas como Enlist y Conkesta, herramientas que forman parte de su propuesta de soja. Sin embargo, el foco conceptual no se corre del rinde.

“La tecnología es una herramienta para el manejo, para el control de malezas o insectos, pero el productor te elige por los kilos. Nuestra propuesta de valor está en la performance y en el rendimiento final”, sintetizó Crimella.

El desarrollo de nuevas biotecnologías, no obstante, está atado al contexto regulatorio y a la protección de la propiedad intelectual.

Rosasco fue explícito al referirse al sistema Sembrá Evolución: “La unión de la industria permitió que los inversores puedan seguir apostando a programas genéticos que hoy tienen un tamaño y un costo enormes. Es una bola de nieve que genera lanzamientos todos los años, y si no se retroalimenta, es imposible sostenerla”, indicó convencido.

Mientras en Estados Unidos ya se proyectan nuevos eventos biotecnológicos para fines de la década, en Argentina la velocidad de adopción dependerá del marco legal y del grado de consolidación de estos esquemas. La ecuación es clara: sin reglas previsibles, la inversión se resiente; con incentivos adecuados, la innovación se acelera.

MAÍZ A MEDIDA: DEL “ABANICO DEL RINDE” A LOS HÍBRIDOS “HIPERPETISOS”

En maíz, la propuesta combina nueve híbridos comerciales —incluidos los recientes ST 9833 CL y ST 9937— con una filosofía que busca alejarse de los generalismos. Leandro La Ragione, referente técnico de la compañía, lo definió como el “abanico del rinde”.

“Buscamos el mejor producto para cada ambiente y evitamos caer en la idea de que un ciclo completo funciona igual en todos lados. Existen nichos muy claros para ciclos cortos y para híbridos petizos, y ahí queremos estar con propuestas específicas”, explicó.

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Uno de los diferenciales es la apuesta por híbridos de baja estatura, los llamados “hiperpetisos”, que combinan estabilidad, menor riesgo de quebrado y la posibilidad de ajustar manejos.

“Es un nicho que queremos explorar fuerte. Son materiales que permiten fertilizar más avanzado el ciclo y aumentar densidad, lo que termina impactando en el número de granos y en el rendimiento”, detalló.

La campaña actual, marcada por picos de calor y estrés hídrico entre fines de diciembre y comienzos de enero, ofreció un banco de pruebas exigente. Según La Ragione, los ciclos cortos mostraron mayor estabilidad frente a esos eventos.

“Los híbridos de ciclo completo sembrados temprano sufrieron en la fijación de granos en la punta de la espiga. En cambio, nuestros ciclos cortos ya tenían el número de granos definido y hoy vemos espigas bien formadas, con mayor estabilidad en este contexto”, analizó.

COCINA ABIERTA Y EL PRODUCTOR EN EL CENTRO

El Safari Stine comenzó temprano, con una presentación integral del circuito de procesamiento y una recorrida técnica por los lotes de cruzamientos y líneas avanzadas.

Pero más allá de la logística, el mensaje fue conceptual: mostrar que detrás de cada bolsa hay años de selección, descarte, inversión y validación en ambientes reales.

Con más de 300 personas trabajando en Venado Tuerto y un equipo cercano a 80 colaboradores en Tucumán, la compañía sostiene una estructura que combina escala internacional y foco local.

“Es trabajo, inversión y generación de empleo con un objetivo claro: llevarle al productor genética que rinda y que le amplíe el menú de decisiones agronómicas”, resumió Rosasco.

La consigna de la jornada fue transparente: asociarse al productor antes que imponerle un esquema. “No buscamos forzar tecnologías o manejos. Somos muy obsecuentes en trabajar detrás de lo que persigue el productor, escuchar sus problemas y ofrecerle una genética que garantice rentabilidad en su ambiente específico”, concluyó La Ragione.

En tiempos donde la competitividad se juega en cada quintal y en cada dólar invertido, Stine eligió abrir su cocina y mostrar cómo se construye el rinde desde la base. Un gesto que, más allá del marketing, expone una convicción: la genética no es un discurso, es un proceso. Y ese proceso, cuando se hace visible, también se convierte en argumento.

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